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A muchas personas se les hace inexplicable que pese a los recurrentes incumplimientos del Estado colombiano a lo convenido en La Habana y posteriormente reformado y rubricado en el Teatro Colón, la FARC siga en el empeño de entregarles a los colombianos un nuevo ambiente para la conquista de sus derechos y utopías.

Esos incumplimientos han sido tan aberrantes que seguramente las llamadas disidencias que se han producido entre los desmovilizados hayan sido consecuencia, no de los atractivos de la vida guerrillera, y sí de esa actitud mendaz de parte del Estado.
Los últimos incumplimientos se dieron a través de la confabulación de senado y cámara, la complicidad vergonzante de la Corte Constitucional y las reales intenciones del Gobierno, que de labios para afuera dice defender los acuerdos sin

que se preocupe en la práctica por demostrarlo. Esa malhadada confluencia ha dado al traste con los más importantes acuerdos, los cuales, o no se han discutido, o no se han aprobado, y si se han aprobado, de ellos solo ha quedado una caricatura contraria a lo que en realidad se convino.

El colmo de tan aberrantes circunstancias se dieron en la semana pasada, cuando se presentó una ponencia de reforma política tan regresiva que resultó más conveniente hundirla que darle vida, para no hacer tan evidentes las verdaderas intenciones de quienes por ley tienen la tarea de convertir el acuerdo en leyes.

Ya antes se habían producido desastrosos fracasos en las tareas de implementación de otros aspectos, lo cual hace pensar que lo que en realidad estuvo haciendo el Gobierno en La Habana fue cumplir el mandato de quienes todo lo que buscaban era simplemente el desarme de las FARC, así tuvieran que permitirles, ya en la legalidad, pregonar sus ideas en la plaza pública.

Para colmo, ni siquiera cuando se dieron resultados favorables a la implementación dejaron de protagonizar artimañas y triquiñuelas para desvirtuarlos. Es lo que ocurrió con las circunscripciones especiales de paz, es decir, con las zonas territoriales en las que fue más cruda la violencia de la que se quiere salir, a cuyos habitantes se les habían prometido 16 curules en la Cámara para que defendieran los intereses de las víctimas. Pues ahora resulta que 50 no es más que la mitad de 99, y que los que sacaron 50 votos a favor de las víctimas perdieron con los que sacaron menos de esa cantidad.

Así funciona nuestra democracia formal, y por eso se hace necesario transformarla en una democracia real que consulte verdaderamente los intereses de las mayorías y las encause hacia la construcción de un nuevo poder, camino al socialismo.

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