Aviso

 “Intelectual,  Intus-legere, “el que sabe leer”, es el origen etimológico de la palabra “intelectual”. Obviamente, esto no se refiere al que sencillamente puede leer -en el sentido de que no es analfabeto- sino al que sabe hacerlo: el que lee más allá de lo que “salta a la vista”. Aclaremos: “leer” es aquí una metáfora (aunque no una cualquiera, ya que testimonia un privilegio del logos en la cultura occidental a partir al menos de los presocráticos); intelectual puede ser también, por ejemplo, el que sabe escuchar más allá de lo que se oye, o sabe mirar más allá de lo que se ve”. Carlos Fuentes
Quienes han intentado desde la academia sustentar posturas intelectuales dignas y con argumentos tal como lo expone el poeta Jorge Artel en su poema “  Credo”: “ creo en el intelectual insobornable que se enfrenta a la lucha y no se rinde ni con halagos ni amenazas; el que no enajena las ideas, y que permanece aún con su angustia famélica de  pie y no  con la  gordura arrodillada”, han  encontrado en gran medida  un muro de indiferencias afianzado por los intelectuales de bolsillo o de estómago, los mismos que  se vieron en la obligación de guardar silencio para conservar su trinchera laboral. Pensar es riesgoso en una sociedad parasitaria. La universidad de nuestro tiempo, condicionada y plana forma hombres y mujeres máquinas de trabajo, precarias de pensamiento y ausentes de la realidad.
Los actuales "intelectuales", o mejor “seudointelectuales”  son en su mayoría  cómplices arribistas de los poderosos.  Lo que ha sucedido en las últimas décadas (crisis del marxismo, derrumbe de los socialismos reales, ingreso a la globalización neoliberal), ha trastocado los contornos políticos y epistemológicos de la tarea del intelectual. Por un lado, la demanda de profesionalidad y la especialización del saber repercutieron sobre las figuras realmente existentes del intelectual y terminaron por otorgarle centralidad a la figura del intelectual experto. La Universidad no requiere de pensadores sino de llenadores de formatos.
 Las Instituciones de Educación Superior  están zambullidas en un proceso que devora intelectuales y los convierte en un nuevo tipo de seres académicos cuyo fin último es llenar páginas de escritos, publicar libros desconectados de los problemas sociales, y asistir a numerosas reuniones en donde se debate sobre investigación pero no se investiga. Ya no interesa el docente que intenta ahondar en las situaciones complejas que vive su país, ni aquel que se organiza en proyectos intelectuales o en gremios que dignifiquen su labor. Las políticas del Estado permearon  de tal manera a  la Universidad que la silenció;  por esta vía logró  acabar  con la reflexión, el pensamiento crítico y los debates que en ella se suscitaban, y de esta manera   se silenciaron  los movimientos sociales.
El sistema universitario colombiano cortó  de tajo el interés que en algún momento  se tuvo en cuanto a  estimular un profesorado que hiciera de sus clases una fiesta del conocimiento;  fue excluyendo los docentes que  trascendían  en el aula  las repeticiones de libros descontextualizados. El declive de la Universidad de nuestro tiempo se acentúa con la eliminación de revistas y divulgaciones en las que se percibían análisis serios de la realidad política, educativa y social  dando paso a publicaciones de revistas supuestamente de alto impacto para estar acordes a   exigencias  de estándares internacionales con las llamadas indexaciones para controlar  lo que se piensa y se publica;  esta nueva ola dela vida académica universitaria, convirtió  a los docentes en  cagatintas o escribientes.
Muchas de las publicaciones universitarias en las  que escriben  los docentes presionados por la institucionalidad,   son de poca utilidad para la sociedad, a lo sumo sirven para mejorar mínimamente su  escala salarial.  Las revistas indexadas en su mayoría son ladrillos casi inabordables y por lo general reposan intactas en los estantes de las bibliotecas.
Para el control del Estado en  el campo educativo  no importa la pertinencia y la relación  entre docencia,  publicaciones universitarias y sociedad sino el formato index  riguroso con el cliché de resultados de investigaciones. Pero este mismo camino están siguiendo  las editoriales universitarias, al dedicar su presupuesto a la publicación compulsiva de textos y refritos en libros estéticamente elaborados con pastas llamativas distribuidos organizadamente en enormes estanterías.
No  circulan los libros con temas que nos lleven a preguntarnos sobre realidades sociales; un amodorramiento  y  sinsabor por la lectura ha tomado asiento en la Universidad al ser esta promotora de publicaciones en su mayoría sin interés para  jóvenes y demás lectores. Solo incumbe  que a la hora de visita de pares académicos se vean organizados y filados los  libros dando mayor importancia a la cantidad que a la calidad. Aunque en nuestro medio existen Universidades que hacen  alarde de su talante de publicaciones y de estar en el ranking  internacional no alcanzan a tapar sus falencias en cuanto a la formación de sus profesionales y las dificultades en los pregrados, posgrados y maestrías. Es decir, la Universidad es mucho más que publicaciones estandarizadas: es un lugar en donde se forman hombres y mujeres para la sociedad y por ello sus complejidades no se interpretan ni se miden básicamente con lo que se escribe obedeciendo a formatos.
Sin embargo, tal como se ha venido sosteniendo esto  obedece a políticas que se enganchan en el marco de la globalización en la que poco interesa el pensamiento y el ser humano en su dimensión total. En este sentido,  en el lugar del conocimiento por excelencia, en el lugar donde deberían de gestarse las alternativas y formarse seres humanos que luchen por la igualdad y la justicia social, hay un sistema de incentivos para generar estudiantes mediocres, sin reflexión y manipulables, académicos sin discusión, catedráticos  sin cátedra ni conversación e intelectuales sin intelecto. Publicar es la tarea aunque sea por publicar”. Al respecto esto expresó José Gaos hace 43 años.
“Para venir a lo más inmediato –a nosotros; a lo concreto- con nosotros; a  nosotros mismos: henos aquí, a los profesores, obligados, contractualmente, por deber profesional, por la necesidad de hacer carrera, a publicar, a producir, y para ello a investigar, a descubrir, a pensar, queramos o no queramos, podamos o no podamos. Y lo normal es, no ya que no queramos, por una indolencia y una voluptuosidad del ocio que, después de todo, serían bien intelectuales, sino que no podamos –por lo menos en el volumen y con el ritmo que se reclama de nosotros: lo otro sería anormalidad, -genial o patológica.
Henos aquí, pues, atrafagándonos por leer, por traducir, por escribir, por publicar –a como dé lugar-; aunque no hagamos más que acumular trivialidades o banalidades, muchas veces ni siquiera disimuladas con simulación de originalidad o profundidad; o glosas, repeticiones, plagios, igualmente descarados en muchos casos, y en todo caso perfectamente superfluos –acumulación abrumadora en la balumba de la cultura. No basta que seamos órganos de transmisión fiel y escrupulosa, acuciosa y entusiasta, de las generaciones pasadas a las generaciones incipientes; tenemos que ser órganos de reproducción sin creación, y de amontonamiento aplastante, de –pronta basura cultural.  La defensa higiénica, biológica contra esa basura y las infecciosas epidemias que esparciría, contra la creciente producción de publicaciones, está en que no se leen, aunque se compren. No hay que dejarse engañar por el hecho de que cada vez se editan y se venden más libros, ni por el hecho de que cada vez lean más personas y personas de menor condición cultural –si cada vez leen menos y peor las personas que leen, no sólo las advenedizas de la lectura sino hasta los mismos intelectuales”.   José Gaos “La vida intelectual”, en De antropología e historiografía, p. 263-4. El tema de la sobreproducción de libros y la disminución de la lectura lo anticipa desde “Crítica del tiempo.
La prisa de los docentes por cumplirle a la Universidad con publicaciones,  los lleva muchas veces a caer en plagios, o exagerados parafraseos de autores, incluso exceso de uso de Internet y Wikipedia para lograr libros que de nada sirven a la construcción de pensamiento en los jóvenes universitarios. Esta loca carrera en el campo de la educación,  ha ido arrebatando a la Universidad su papel frente a la sociedad, y a los profesores los ha postrado y  convertido  en escribanos de textos y de libros que poco aportan al pensamiento. Los docentes de esto no son culpables porque,  saben muy bien que en la Universidad de hoy: “se escribe o se perece”; y algo más grave aún,  ha ido sembrando la competencia desleal  en la docencia, a tal punto que entre docentes se leen solo para buscar errores y perseguirse mutuamente. 

Additional information