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No es extraño ni casual que la Señora Marta Lucía Ramírez, haya empezado su campaña mostrando estanterías vacías en algún supermercado de Venezuela. Tiene que hacerle el “casting” a sus amos del norte. El mensaje que les manda es: “Soy una buena candidata para ustedes porque seguiré fiel y sumisa a sus políticas de ataque y bloqueo al pueblo venezolano, a su gobierno, a sus instituciones y a la revolución bolivariana”.

Los candidatos colombianos sienten que lo que los hace “taquilleros”, es su condena al proceso revolucionario en Venezuela y el rechazo a los acuerdos de paz. Esperan recoger en votos, sus esfuerzos diarios por enlodar ambos temas de tanta influencia en la política nacional. Los gobernantes en Colombia siempre se han caracterizado por su

anti-insurgencia nativa, su anticomunismo místico y su sumisión a las políticas internacionales del imperialismo norteamericano. Tienen que mostrar que no están dispuestos a cambiar sus tradiciones apátridas, violentas y serviles.

Según el acertado decir de los zapatistas, el capitalismo es siempre despojo, explotación, represión y humillación. Por eso, la guerra es un gran negocio; pues, va dejando un montón de desplazados que se convierten en mano de obra abundante y barata; en Colombia, el campo ha quedado desolado para que, como plan de gobierno, entren las” locomotoras” minero-energéticas; sin oposición social y sin quien reclame por la destrucción de las tierras y la contaminación de las aguas. Múltiples transnacionales reciben concesiones y explotan las que eran las fincas campesinas, dejando desastres ecológicos, miseria, drogadicción y prostitución. Así, el campesino autosuficiente se convierte- como necesidad del capitalismo- en obrero temporal sin mayor estabilidad.

Para el país, las consecuencias de este despojo, son el urbanismo indigno y miserable, el desempleo y la pérdida de la soberanía alimenticia, entre otros males de la vida en las ciudades sobrepobladas y atrofiadas. Con este modelo social, hay desempleo por que el trabajo se entiende como las labores que efectúan las personas despojadas, para crear riquezas para una minoría de propietarios. No es otra la finalidad; no es porque no haya trabajo.

Otra forma posible de organizar la sociedad es que las fuerzas productivas de la nación-personas y recursos- se enfoquen a resolver las necesidades básicas de la población. Cuando todos los ciudadanos tengan resueltas sus condiciones de alimentación, vivienda, salud y educación, se podría decir que ya no hay trabajo; mientras tanto, no. Ese es el gran temor de las minorías de privilegiados que mantienen a la población asustada con el diablo del comunismo o del castrochavismo. No vaya a ser que el pueblo colombiano, también se dé cuenta de sí que hay otra forma de vida diferente a la que se vive bajo el capitalismo, que es manejado por una minoría de avaros sicópatas.

No se puede permitir que los grandes adelantos tecnológicos se dejen en las manos de una minoría desquiciada que mantiene al mundo en la incertidumbre, no sólo de la guerra, sino principalmente del futuro de las condiciones de vida. La decodificación del genoma humano y la inteligencia artificial, entre otros desarrollos, podrán ser usados por tal minoría de enfermos mentales, para la destrucción de la población mundial y apropiarse de los recursos naturales, tal como programaron las masacres en el campo colombiano para desalojar a los pobladores y, a su amaño, explotar montañas de minerales, rocas calizas, oro, etc. También se pueden usar los adelantos para programar ciudadanos sumisos, tal como lo logran los medios de comunicación con los colombianos.

Enero 23 de 2018

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