Aviso

Unas condiciones históricas
Si estudiamos la historia de Colombia y cómo se incorporó al sistema capitalista mundial, no encontramos un proceso revolucionario en el cual una clase burguesa criolla emergente, se levante en contra del feudalismo como resultado de contradicciones económicas entre lo que empuja a la sociedad y lo que la frena.
Colombia fue integrada al capitalismo como periferia. Esa fue la forma como ingresó al proceso civilizatorio global que conforma la Modernidad. No se ven razones para expresar que como en el país no se dio una revolución democrático burguesa clásica –como la francesa- entonces, no hubo ni hay

Modernidad. Tal interpretación se basa en concepciones lineales de la realidad, a la vez que europeizantes.
Es importante estudiar las revoluciones democrático burguesa y la Modernidad para el país, porque es con estas transformaciones sociales como surgen los conceptos de Ciudadano, Democracia liberal y Nación, entre otros de peso histórico, como el de república Democrática. De los párrafos anteriores se deduce que tales criterios no surgieron como producto de un desarrollo de lucha interna, sino que fueron importados o introducidos por intereses y fuerzas externas.
Se puede afirmar que no hay una asimilación por parte de la población de las categorías de Ciudadano, Democracia y Nación y no están en su ADN histórico. No se han vivido ni existido en su significado amplio. La visión de Bolívar iba en esa dirección, pero su proyecto fue perseguido, derrotado y desmontado, tema que ha sido muy documentado por historiadores y literatos. (Ver por ejemplo la amplia bibliografía que aporta el profesor Juan Guillermo García en su libro sobre la Carta de Jamaica del 2015); pero este no es el asunto ahora.
Los derechos de los ciudadanos colombianos pobres, no van más allá de poder depositar un papelito en las urnas el día de las elecciones, además de estar registrado como connacionales y poseer cédula. El profesor Fernando Lopes-Alves, en su libro “El origen del estado y la democracia en América Latina”, ve a Colombia como un estado débil con una democracia restrictiva en pasajes de su historia (En momentos del Siglo XIX, sólo estaban habilitados para votar los que poseían ciertos bienes).  Las mujeres apenas lograron este derecho  en 1954.
El ejército colombiano puede masacrar campesinos, una y otra vez, como ha ocurrido  siempre y ocurrió recientemente en Nariño, sin que motive investigaciones contundentes. Eso es lo que vale ser ciudadano en Colombia. Como apéndices del ejército imperialista, los militares ven las luchas de la población interna y de liberación nacional, como acciones de enemigos; actúan como fuerzas de ocupación. Ese es el criterio de nación y soberanía impulsado por la clase política tradicional que históricamente devino en gobiernos de nobleza hereditarios, con una oligarquía que se ha enriquecido del asalto al estado, al que toman como su botín familiar. Esta dominación aberrante y secular, ha impedido la marcha civilizatoria del país hacia al estado republicano de la modernidad.
Los conceptos de República democrática, Ciudadano, Democracia y Nación constituyen una deuda social todavía pendientes de ser implementados. Los acuerdos de paz logrados recientemente van en esa trayectoria, al menos en su contenido firmado. Se constituyen en un paso obligante y necesario del proceso revolucionario. Estos son puntos a tener en cuenta en las consultas electorales que se avecinan. Hay que jugar por una alianza que garantice la implementación y la apertura civilizatoria hacia un estado de derecho, para potenciar las fuerzas sociales de la población como constituyente primario. Hay que deponer cualquier interés particular, en honor de la gloria de lo social.
Hablando más claro, el pueblo colombiano no sabe lo que significa ser Ciudadano, ni el disfrute de una Nación, ni qué es la Democracia. Cuando se apropien de estos conceptos, vendrán otros desarrollos. El escritor peruano, Manuel González Prada (1844-1918), dice en su libro Anarquía: “Cuando los hombres poseen el derecho de elegir y ser elegidos, cuando gozan de igualdad civil y de igualdad política, entonces pretenden borrar las desigualdades económicas.” (Pags. 38-39).
Vistas así las cosas, los acuerdos de paz se constituyen en uno de los hechos más trascendentales en la historia social y política del país.
No obstante, las fronteras nacionales,  Ciudadano y Democracia actual, son categorías surgidas del desarrollo de la sociedad burguesa y se enfrentan a desarrollos que se expresan en voces de integración regional (Mi patria es América) y mundial (Como decía el maestro Fernando González: para un filósofo su patria es la Tierra). Ese es el llamado de la Internacional Proletaria: cambiemos el mundo de fase hundiendo al imperio burgués.
Cuál es el viento que impulsa las velas?
Todo proceso revolucionario debe tener un respaldo social que lo impulse; es decir debe ser una consecuencia del movimiento organizado del pueblo en defensa de sus intereses.
Una cosa son los acuerdos de paz y otro lo aprobado por la instituciones oligárquicas. Se cumple una vez más el engaño y la vieja política de Indias: Se obedece pero no se cumple. Se deforman los contenidos para quitarles su valor y potencial transformador. No hay fuerza social que se movilice presionando la aprobación. Se convierte la justicia especial para la paz en una burla a lo pactado, a las víctimas y a la sociedad colombiana como principal afectada.
Porque en Colombia, no es delincuente el que comete un delito sino el que se deja condenar. Hay una conclusión obvia y lógica: aquellos que se oponen a la justicia especial para la paz y luchan por ser excluidos, confirman así su responsabilidad y compromiso con los crímenes de lesa humanidad, por que como dice la sabiduría popular: “el que nada debe, nada teme”, “el que tiene rabo de paja, no se acerca a la candela”.
Hasta el momento no se aprecia un movimiento social con impacto para impulsar mayores transformaciones que trasciendan la democracia liberal, que sea consciente de su peso histórico para el avance hacia una sociedad más humana. Si no existe hay que potenciarlo, lo que implica un camino cierto por recorrer que parte de reconocer una realidad social para transformarla permanentemente de acuerdo con el poder de la ley dialéctica de la negatividad.
Dirigentes aislados y formados en la democracia representativa del modelo oligárquico, no pueden aparecer desde lo alto como salvadores de una población a la que ven como inferior, cuyos miembros habrán de ser conducidos para que nada cambie en su contenido.
El mencionado escritor peruano González Prada, continúa en su libro Anarquía: “…no basta adoptar a la ligera una convicción, llevándola a flor de piel, como un objeto de exhibición y lujo: se necesita acariciarla, ponerla en el corazón y unirla con lo más íntimo del ser hasta convertirla en carne de nuestra carne, en vida de nuestra vida.” (pag. 37).
Si no se potencian las fuerzas sociales, se corre el riesgo de reproducir la misma porquería, como ya habían anunciado los clásicos. Los organismos y las organizaciones tratan de conservar las condiciones que los hicieron surgir; es una ley natural muy aplicable a lo social.
“cada día se reduce más el número de los ilusos que de un parlamento aguardan la felicidad pública” (pag 43)
Hay que crear instancias de decisión popular y a partir de ahí construir una forma de estado que sea su consecuencia, con funcionarios que manden obedeciendo y un gobierno que represente y defienda los intereses de la población.

Noviembre 29 de 2017

Additional information